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domingo, 11 de agosto de 2013

Evangelio de Lucas 12, 35-40

     

         En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:         ― Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.         Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.         Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.         Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.         Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.


                  DE LA AMENAZA A LA BUENA NOTICIA DE QUIENES SOMOS.
UNA LECTURA NO-DUAL DEL MENSAJE DE JESÚS


        
         Recuerdo que, cuando era niño, el modo como me explicaban este tipo de textos me resultaba altamente amenazador. Algo similar a cuando, en casa, mi madre nos decía: “Si no te portas bien, se lo diré al padre cuando vuelva”.
         Mi imaginación infantil montó toda una escenografía en torno a un “final del mundo” que vendría por sorpresa y que no pintaba demasiado bien, ya que una indefinida y negra amenaza parecía sobrevolar todo el escenario.
         Desconozco si esta imaginería era generalizada entre los niños de mi generación. Pero, en mi caso, y a pesar de la confianza que todo lo religioso despertaba en mi interior, coloreó de temor la imagen de Dios, y no favoreció precisamente que percibiera a Jesús como un amigo cercano.
         De ese modo, lo que me llegaba, tanto de casa como de la escuela, parecía encontrar confirmación también en la religión, en el orden sagrado de lo divino: en todos esos ámbitos, el mensaje venía marcado por palabras como “cumplimiento”, “obediencia”, “mérito”, “premio”, “castigo”, “temor”… Un mensaje, por tanto, generalizado y, en ese sentido, inapelable, que fortalecía al superego en su afán de exigencia y perfeccionismo…, con la amenazadora culpabilidad al fondo.
         Ahora comprendo que, con todos los matices posibles, es lo que ocurre cuando la religión se hace autoritaria: la alegría es sustituida por el temor, la libertad por la sumisión, la espontaneidad por la amenaza, la “buena noticia” por la “espada de Damocles”…
         Me costó mucho tiempo liberarme de toda aquella presentación infantil, que había hecho cuerpo en mi interior. Y hubo varios factores que me ayudaron en todo ese proceso: desde el estudio al encuentro con personas libres; desde el trabajo psicológico al diálogo y la amistad con personas no religiosas… Y, en todo ello, una sensación profunda y estable de confianza, que constituía –antes incluso de yo saberlo- la columna vertebral de la espiritualidad, tal como me era regalado vivirla.
         Hoy, puedo ver el engaño de aquella lectura, y también comprender a las personas que la hacían. Ponían toda su buena voluntad, transmitían lo que consideraban más adecuado, utilizaban su propio “idioma” y eran hijos de un contexto sociocultural y religioso que les condicionaba profundamente.
         Pero no dejo de ver que lo que recibí de ellos no era tanto “evangelio”, la buena noticia de Jesús, como una religión domesticada, al servicio de aquellos mismos “valores” que entonces predominaban.

         La realidad, sin embargo, es bien distinta de lo que se enseñaba. Las palabras de Jesús no contienen nada de amenaza ni de perfeccionismo; no alimentan el superego ni sostienen ninguna idea de mérito. Son palabras de sabiduría que invitan, al contrario, adespertar a la Realidad que somos.
         Despertar es una de las palabras básicas de todas las tradiciones de sabiduría. Todas ellas nos alertan de que estamos sumidos en el sueño de la ignorancia, creyendo ser lo que no somos y desconectados de lo que realmente somos; y esta es –siguen diciendo- la fuente de todo sufrimiento.
         En el evangelio, es también frecuente la llamada a despertar. Y ahora incluso podemos entender esas palabras con una profundidad mayor: “el Señor” que viene no es alguien separado que trae su contabilidad para “pagar a cada uno según sus obras”. Se trata de nuestra identidad más profunda que late generalmente escondida, debido a nuestra ceguera.
         En realidad, si se entiende bien, la “venida” no es algo que ocurra en un futuro más o menos lejano, sino que tiene lugar ya aquí y ahora…, en cuanto le abrimos la puerta. Nuestra verdadera identidad –“el Señor”- acecha la posibilidad de salir a la luz y de mostrarse en toda su belleza.
         Soy consciente de que las primeras comunidades estaban imbuidas de una profunda esperanza apocalíptica y ansiaban la venida gloriosa del Señor Jesús resucitado, en una Parusía que creían absolutamente próxima.
         Sin embargo, trascendido aquel nivel mítico y el modelo dualista, desde la perspectiva no-dual, “el Señor” es la misma Identidad que todos compartimos, y que brilló de un modo especial en el sabio de Nazaret.
         Basta acallar la mente para poder experimentar esa identidad que “duerme” bajo el bullicio mental y emocional que, paradójicamente, también la expresan. Al saborearla, salimos del sueño. Al permanecer anclados en ella, nuestra percepción de la realidad se modifica. Estamos “atentos”, en la atención plena de quien no desconecta de quien es, en la Presencia consciente y amorosa que nos constituye, como constituía a Jesús.
         Eso es la liberación de todo miedo –los miedos nacen cuando nos identificamos con cualquier realidad impermanente porque, al desaparecer ella, tememos desaparecer también nosotros– y la fuente de todo Gozo: “Dichosos ellos”.

Enrique Martínez Lozano

domingo, 7 de julio de 2013

Evangelio de Lucas 10, 1-12.17-20


¿DÓNDE ESTAMOS? ¿DESDE DÓNDE NOS VIVIMOS?


         Lo que tienen que anunciar los discípulos –sea cual sea el modo como los reciban- es que “está cerca de vosotros el Reino de Dios”.
         Si por “Reino de Dios”, como veíamos en el comentario de la semana anterior, hay que entender el Misterio último de lo Real (Lo que es), resulta evidente que esa es la Buena Noticia: Nuestra identidad última no es el yo, vacío, carenciado e impermanente, sino el Misterio pleno, radiante y siempre estable.
         La tristeza –como la soledad, la frustración, la ira, el miedo, los celos, el resentimiento, el egoísmo…- es síntoma de una sola cosa: de que hemos olvidado nuestra verdadera identidad y nos hemos identificado con lo que no somos. En definitiva, que estamos respondiendo equivocadamente a la pregunta “¿quién soy yo?”.
         Cuando estoy identificado con el ego, no puedo ver la vida y todo lo que ocurre, sino desde su perspectiva estrecha y engañosa. Desde ahí, no actuaré en libertad, sino que reaccionaré, según los juicios elaborados por el mismo.
         Pero la reacción no logrará otra cosa que inflar aún más el ego –que se “cargará de razón”-, descalificar al otro y destruir toda posibilidad de encuentro y de reconciliación. Porque juzgaré a la otra persona según responda o no a mis necesidades y expectativas, entrando en una espiral de difícil solución.

         Si, por el contrario, puedo anclarme en mi verdadera identidad (“el Reino de Dios”, lo llamaba Jesús), experimentaré dos cosas imposibles desde la perspectiva anterior: por un lado, quien soy no se verá afectado por nada de lo que le digan o hagan; por otro, no emitiré ningún tipo de juicio hacia la otra persona, por dos motivos: porque sé que todo lo hace no es sino fruto de su propio sufrimiento, de la ignorancia o de su “programación” cerebral; y porque, al estar situado en mi verdadera identidad, sé también que se trata de una identidad que compartimos. En todo caso, el otro hace lo que puede y lo que sabe. ¿Tiene sentido el juicio o la condena?
         Esa identidad se llama también Gozo. Y ese es, según Jesús, el motivo real de nuestra alegría. Mejor dicho: no necesitamos ningún “motivo” para estar alegres –ni aunque tuviéramos poder para “expulsar demonios”-, porque, cuando estamos en nuestra verdadera identidad, emerge una “alegría sin motivo”, la “perfecta alegría”, de que hablaba Francisco de Asís.
         Es una alegría que nunca se puede perder –“os alegraréis con una alegría que nadie os podrá quitar”, dice Jesús en el cuarto evangelio: Jn 16,22-, porque constituye justamente el núcleo de lo que somos.
         Aun con su peculiar estilo y sin compartir todo lo que en él se afirma, en Un Curso de Milagros puede leerse algo similar: “La tristeza es señal de que prefieres desempeñar otro papel en lugar del que Dios te ha encomendado…  Comprende que tu papel es ser feliz” (Un Curso de Milagros. Libro de Ejercicios, Lección 100.5.7).
         “Vuestros nombres están inscritos en el cielo”: nuestra identidad, compartida y no-dual, es permanente y no puede verse afectada negativamente por nada de lo que ocurra. Se trata solo de “abrir los ojos”, caer en la cuenta, salir de las trampas laberínticas del ego, así como de sus “juegos” de etiquetas y de juicios.

Enrique Martínez Lozano



domingo, 30 de junio de 2013

DONDE NOS JUGAMOS TODO

Domingo XIII Tiempo Ordinario

Evangelio de Lucas 9, 51-62



Lucas “construye” un largo viaje, desde Galilea hasta Jerusalén, que desarrollará a lo largo de diez extensos capítulos (desde 9,51 a 19,28), en el que Jesús se va a dedicar prioritariamente a enseñar a sus discípulos.
El autor presenta el viaje desde la certeza de que conduce, no solo a la capital de los judíos, Jerusalén –que el tercer evangelio sitúa como “centro” de la salvación; así aparecerá también en el otro libro de Lucas, Los Hechos de los Apóstoles-, sino al destino final de Jesús, al “cielo”.
Y dentro de ese objetivo de “formar a los discípulos”, en el inicio mismo del recorrido, se nos presentan cuatro breves “enseñanzas”, en forma de aforismos que, de entrada, suenan al menos como desconcertantes, y que recuerdan, en cierto sentido, los dichos de Jesús en el  Evangelio apócrifo de Tomás. Sin embargo, basta adoptar una perspectiva adecuada, para percibir toda su sabiduría, hondura y belleza.
• La primera es un alegato silencioso contra cualquier tipo de fanatismo, que no es sino expresión del miedo y de la arrogancia, características propias del ego. Un ego inseguro buscará eliminar la disidencia, porque la percibe como amenaza para sus (frágiles) ideas, y porque necesita sentirse “superior” o en posesión de la verdad (absoluta).
• La segunda revela la  actitud de quien vive desapropiado del ego. El ego necesita “cosas” de las que apropiarse para sentirse existir: su sensación de identidad depende siempre de “algo”, ya que él es pura ficción. Sin embargo, quien no se identifica con el yo, se percibe como Vacío, que es Plenitud.  Vivenciar esa vacuidad integral significa no estar establecido en parte alguna, ni tener un lugar donde reclinar la cabeza. Es una simple lucidez –pura consciencia, atención desnuda- sin centro ni periferia, en la que todo sucede espontáneamente. Es una aceptación ilimitada de la circunstancia presente, una apertura total que permite que el sol salga sobre malos y buenos, y que la lluvia caiga sobre justos e injustos… 
• La tercera y la cuarta son prácticamente idénticas; o mejor, dos modos de poner el acento en la misma realidad, por contraste con dos “obligaciones” fundamentales para un judío piadoso: enterrar a los muertos y atender a la  familia.
¿Qué puede ser tan importante, que se anteponga a esos dos principios “sagrados” para un judío? Jesús le da un nombre: el Reino de Dios. 
Dentro de los diversos significados encerrados en esa expresión –y que dependen también de la perspectiva que se adopte-, parece innegable que, con ella, se alude al Misterio último de lo Real, aquello  único a lo que decididamente vale la pena subordinar todo lo demás.
¿Qué es eso único? Ciertamente, no es algo “separado” de quienes somos. 
Porque lo que constituye la mismidad de lo real nunca podría estar “alejado” de nada real. Es Aquello de lo que no podemos distanciarnos ni lo que se tarda en un suspiro.
En el lenguaje religioso, se le ha llamado “Dios”. Pero un Dios del que alguien pudiera “alejarse” o “separarse”, ya no sería Dios, sino una creación de la mente, que proyecta “fuera” todo lo que ella piensa. 
En un lenguaje no religioso, más inclusivo,  Eso  inefable e innombrable, porque está más allá de los conceptos y de las palabras, es Lo que es, y que nosotros también somos. Lo que nos impide verlo no es otra cosa que el hecho de habernos reducido a nuestro ego.
La palabra de Jesús viene a decirnos: mientras no descubras quién eres, todo lo que hagas –aunque lo veas como un servicio a los muertos o a la familia- no hará sino entretenerte, distraerte o despistarte. Busca lo primero y… “todo lo demás se te dará por añadidura” (evangelio de Mateo 6,33).

Enrique Martinez Lozano


domingo, 16 de junio de 2013

MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL

Enrique Martinez Lozano


Sobre el tema de la unción de Jesús, Lucas reconstruye un relato un tanto diferente al de los otros evangelistas (Mc 14,3-9; Mt 26,6-13; Jn 12,1-8). 
Si en los otros, la mujer representa el modelo de discípulo que unge a Jesús, aceptando su muerte en la certeza de su resurrección, Lucas, en cambio, utiliza
el relato para mostrar la compasión de Jesús en forma de perdón y de denuncia del fariseísmo religioso.
Los fariseos –de entonces y de ahora- creen tener muy clara la línea divisoria entre “buenos” y “malos, “justos” y “pecadores”, sin advertir que se trata únicamente de etiquetas mentales completamente relativas. 
De un modo similar a como el ego discrimina todo lo que ocurre en “positivo” o “negativo”, el fariseísmo religioso establece fronteras tajantes entre Lo que busca con ello –quizás inadvertida o inconscientemente- no es otra cosa que afianzar su propia imagen idealizada, al colocarse en el bando de los “justos”, y asegurar su propio modo –conservador- de ver las cosas. De esa manera, consigue dos propósitos vitales para el ego: afirmar su superioridad y sentirse seguro en el sistema establecido. 
Sin embargo, tal actitud incurre en un doble engaño. Por un lado, olvida que la línea divisoria entre el bien y el mal no se halla fuera, sino que pasa por el corazón de cada uno de nosotros. En todos nosotros conviven el “bien” y el “mal”, la luz y la sombra. No es casual que sea justamente el fariseo el que desconozca su propia sombra –tal como pone de relieve otra sabia y bella parábola de Jesús-, lo que le impide bajar a su casa “reconciliado” (Lc 18,9-14): una parábola que el maestro de Nazaret dirige a quienes “presumían de ser hombres de bien y despreciaban a los demás”.
El segundo engaño es aún de mayor hondura, al pretender que “bien” y “mal” se corresponda a lo que nuestra mente piensa sobre ello, en un relativismo que parece pasar inadvertido justamente a quienes se jactan de poseer la verdad y denuncian posturas relativistas en los demás. 
Las etiquetas sobre lo “bueno” y lo “malo” –tal como queda patente en el relato que estamos comentando- son absolutamente relativas, porque dependen de condicionamientos de todo tipo (sociales, culturales, religiosos…). 
De ahí que lo que es “bueno” en una cultura sea visto como “malo” en otra. 
Para el fariseo, la mujer que se acerca a Jesús es “pecadora”, y el propio Jesús 
le parece un falso profeta porque no hace “lo que se supone” que debería hacer. Jesús, por el contrario, va más allá de etiquetas y convenciones y supera el relativismo de las nociones culturales y religiosas, al ver y vivir todo desde el amor.
Ahora bien, la actitud de Jesús solo es posible cuando tomamos distancia del ego –y de sus etiquetas- y nos situamos como cauce o canal limpio, a través del cual brotará la actitud y la acción adecuada, que quizás nos sorprenda incluso a nosotros mismos. Actitud y acción que nacen de la Sabiduría o Consciencia que trasciende todos nuestros prejuicios.


domingo, 2 de junio de 2013

CORPUS CHRISTI

Evangelio de Lucas 9, 11b-17        
 
         En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban.
         Caía la tarde y los Doce se acercaron a decirle:
         ― Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado.
         El les contestó:
         ― Dadles vosotros de comer.
         Ellos replicaron:
         ― No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres).
         Jesús dijo a sus discípulos:
         ― Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.
         Lo hicieron así y todos se echaron.
         El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos. 

ACERCARNOS A LA LUZ
      
         Parece claro que los humanos tenemos más miedo a la luz que a la oscuridad. Como si no fuéramos capaces de “soportar” demasiada claridad, nos refugiamos en pequeños escondites, en los que creemos encontrar refugio, aunque sea a costa de reducirnos y, finalmente, de negarnos a nosotros mismos.
         Por seguridad, comodidad y, en último término, ignorancia, preferimos alejarnos del vértigo que nos produce la luz, en un impulso primitivo que nos lleva a querer tener todo bajo control.
         Este modo (habitual) de funcionar explica lo que los cristianos hicimos con Jesús. En lugar de reconocernos en él, lo convertimos en un objeto de culto, lo pusimos lejos –en la cruz, en las estatuas, en los sagrarios…-, para asegurarnos su protección pero, al mismo tiempo, para protegernos de lo que su existencia implica.
         Como dice Javier Melloni, “Jesús es plenamente Dios y hombre, y eso es lo que somos todos. El pecado del cristianismo es el miedo; no nos atrevemos a reconocernos en lo que Jesús nos dijo que éramos”.
         Caer en la cuenta de nuestro miedo a la luz quizás sea una buena manera de acercarnos a comprender el significado de la fiesta del “Corpus Christi”.
         Una cosa es adorar a Jesús Eucaristía, sacarlo en custodias por la calle, organizar lujosas procesiones… y otra bien diferente acoger la sabiduría que en él se manifiesta acerca de quienes somos.
         En el primer caso, corremos el riesgo de que sea nuestro ego el que busca fortalecerse, también religiosamente, para sentirse “digno” de salvación. En el segundo, por el contrario, venimos a descubrir –así lo vivió el maestro de Nazaret- que no es al ego al que hay que salvar, sino que es precisamente de él de quien nos tenemos que liberar.
         Nos engañamos cuando queremos crearnos un “yo religioso”: así es como nos “escondemos” de la luz. De lo que se trata es de acercarnos a la Luz que es, para reconocernos en ella, tomar consciencia de nuestra identidad ilimitada y compartida, en el mismo “Yo Soy” con el que Jesús se expresaba.

         Bajo esta perspectiva, el “Corpus Christi” es también la fiesta de la Unidad. Al decir sobre el pan “esto soy yo”, Jesús nos invita a reconocernos en todo lo que es.
         El pan y el vino –alimentos cotidianos en la Palestina del siglo I, que reúnen en torno a sí a toda la familia y a todos los amigos- son símbolo de la realidad entera. Y a toda ella alcanzan las palabras de Jesús: “Esto soy yo”.
         La sabiduría de Jesús se convierte en luz que nos hace reconocerlo en todo. O mejor todavía: nos hace reconocer que todo está en todo. Adorar la Eucaristía significa desarrollar una mirada de admiración, asombro y adoración sobre la realidad entera, en la certeza de que toda ella refleja el mismo y único Rostro, que es también el nuestro.
         La sabiduría de Jesús nos anima a entrar en otro modo de ver, en una consciencia mayor, que nos saca del estrecho modelo mental y nos lleva a percibir la Unidad de todo lo que es. En la seguridad de que esta nueva comprensión habrá de generar un nuevo modo de vivir. 

-Enrique Martinez Lozano- 

domingo, 19 de mayo de 2013

PENTECOSTÉS

 

Ecos del Evangelio de Juan 14, 15-16;23-26

 

El que me ama guardará mi palabra

El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

 


VIVIR EL CUIDADO

 
 Me alegró que, en la homilía del inicio “oficial” de su pontificado, el papa Francisco se centrara –era el día 19 de marzo, fiesta de san José, “custodio” de María y de Jesús- en la misión de custodiar la vida.

Y me trajo a la memoria el mito de Cuidado, elaborado en los comienzos de nuestra era, que reproduzco a continuación:

Cuidado encuentra un trozo de barro y empieza a darle forma. Pasa Júpiter y, a petición de Cuidado, le sopla su espíritu. Pero cuando Cuidado quiere poner nombre a lo que había modelado, Júpiter se lo prohibió. Mientras ambos discutían, paso Tierra (Tellus), que también quiso ser quien le pusiera el nombre. Y empezaron una fuerte discusión.

De común acuerdo, pidieron a Saturno que hiciera de árbitro; y Saturno tomó esta decisión: “Tú, Júpiter, le diste el espíritu; cuando muera, se te devolverá. Tú, Tierra, le diste el cuerpo; cuando muera, se te devolverá. Pero como tú, Cuidado, fuiste el que modelaste a la criatura, la tendrás bajo tus cuidados mientras viva… Y ya que entre vosotros hay una acalorada discusión en cuanto al nombre, decido yo: esta criatura se llamará Hombre, es decir, hecha de humus, que significa «tierra fértil»”.

“Custodia” y “cuidado” son nombres que podemos aplicar adecuadamente al Espíritu. El evangelio lo llama “defensor” (en el original griego, “parakletós”: “el que está al lado”). Y está “al lado” como cuidado permanente.

Ahora bien, en una perspectiva mental, todo se halla separado de todo. Por eso, también el Espíritu es imaginado como una entidad separada, lejana o cercana, que nos acompaña “desde fuera”..., aunque se diga que "nos" habita.

Tal planteamiento me parece legítimo en esa perspectiva, para personas que se mueven en un modelo dual (mental) de conocer.

Pero quizás podamos avanzar un poco más, empezando a vislumbrar que ese modelo de conocer es muy limitado –se halla encerrado en los límites siempre estrechos de la razón-, y que si nos abrimos a la perspectiva no-dual, lo percibido se modifica sustancialmente.

En la nueva perspectiva, el Espíritu es no-separado de nada. Más aún, es –aunque expresado en la pobreza de nuestro lenguaje- el “núcleo” de todo lo que existe, la “otra cara” de todo lo visible.

Todo es Espíritu manifestándose en un “juego” infinito de formas, en una admirable no-dualidad. El Espíritu y nosotros no somos dos. Somos –por decirlo, una vez más, con las palabras de Pierre Teilhard de Chardin- “seres espirituales viviendo una aventura humana”.

Más allá de las formas de nuestros yoes, somos Espíritu que en ellas se expresa y manifiesta. ¿Podría haber algo separado del Espíritu? Mejor todavía: ¿podría existir algo “fuera” del Espíritu? Todo es Espíritu en un despliegue y manifestación permanente.

Cuando advertimos esta realidad profunda, se realizan en nosotros las palabras de Jesús: la unidad de todo morando en nosotros, en el Amor –otro nombre del Espíritu-, como única realidad que todo lo sustenta y constituye.

Es claro que todo esto no puede percibirse desde la mente, que, por su propia naturaleza, tiende a separar y fraccionar todo.

Para abrirnos a esta nueva perspectiva, de modo que podamos experimentarla por nosotros mismos, necesitamos acallar la mente, abrirnos directamente a lo que es, y percibir, con gozo, que podemos descansar siempre en ello. Descanso es otro nombre del Espíritu.

Pero necesitamos acallar la mente porque, como ha escrito Consuelo Martín, en su libro “La revolución del silencio”, “si no hay silencio del pensamiento no sabremos lo que es la verdadMientras estoy pensando creo que veo la verdad de las cosas pero lo único que hago es barajar interpretaciones escuchadas a otros. No descubro sino por serena observación que ver no es pensar”.

En el silencio de la mente se nos revela el Espíritu, no como algo separado, sino como la “sustancia” de todo lo que es, Cuidado, Descanso y Dinamismo…, Vida en plenitud. Y eso es lo que somos todos.

-Enrique Martinez Lozano-


domingo, 5 de mayo de 2013

VI Domingo de Pascua

Jn 14, 23-19

Y dijo Jesús: si alguien me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada junto a él.

El que no me ama no guarda mis palabras.

Y la palabra que escuchais no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto, permaneciendo con vosotros. Pero el defensor, el Espíritu santo, que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os dije.

Paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo.

No se conmocione vuestro corazón ni tenga miedo.

Escuchasteis que yo os dije: "Marcho y vengo a vosotros"; si me amarais, os alegrariasis de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo.

Y os lo he dicho ahora, antes de suceder, para que, cuando suceda, creáis.

 
El texto que hoy se presenta, en su génesis, es un texto con añadiduras posteriores ya evolucionadas, distintas escuelas que viven una determinada situación a la que intentan hacer frente. Las comunidades juánicas, quieren insistir en la ética como criterio de separación del grupo creyente frente al "mundo".
Trata el tema del Espíritu para definir la experiencia pascual. El Espíritu es el que irá desvelando a los creyentes el sentido profundo de revelación de Jesús.
Trata la bendición de despedida: la paz de Jesús, y la alegría del emisario que abre una nueva situación salvadora para los creyentes. El sentido de su muerte no debe ser causa de angustia, sino de fe y confianza.
 
Parece que Jesús insiste una y otra vez con el tema de la unidad: el Padre y yo somos uno, el Espíritu del Padre y el mío son una sola cosa. Mi palabra y su palabra, su paz y mi paz...¿A qué paz se refiere?¿De qué legado habla?
No es una paz conocida, no es la paz del mundo. Se trata de una paz no dual que abarca tanto situaciones de alteración como serenas, una paz que está anclada en lo profundo, en lo que en realidad somos: imagen de Dios, paz a descubrir. Lo que hace que nuestro corazón no se acobarde a pesar de las dificultades: PAZ, nuestra esencia.
Los seguidores y seguidoras que le aman, seguirán haciendo su Reino, transformando este mundo. El Espíritu sopla libre en los que creen que es posible, en los que no se dejan vencer, en los que acogen su Buena Nueva y la viven, en los que expanden su perfume.

 
¿Quieres compartir lo que a tí te dice la Palabra de hoy?

 

 

domingo, 10 de marzo de 2013

IV Domingo de Cuaresma
Lc,1-3.11-32

"Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido"


La parabola del padre bueno y los dos hermanos nos hace reflexionar y preguntarnos dónde estamos nosotros, qué parte del hermano mayor tenemos, qué parte del hermano pequeño tenemos y qué parte del padre bueno tenemos.
¿Dónde queremos estar?¿qué actitudes queremos tener y que tengan con nosotros?
Cuando nos sentimos muertos,¿qué necesitamos para revivir?
Cuando un herman@  nuestr@ está muert@ y agonizando, ¿qué le podemos dar para que reviva?
Cuando nos sentimos separados de un pueblo o de un hermano por miles de razones: ideas, envidia, orgullo, política, religión, ética, nación...¿qué hay dentro de cada un@ que hace volver al diálogo, a  lanzar puentes?¿no será esa parte del Padre bueno que empuja a crear una casa común, una tierra común?
 
¿Qué piensas de todo esto tú?
 
 
 
 


domingo, 3 de marzo de 2013

III Domingo de Cuaresma

(Lc.13, 1-9)

 

En una ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: "¿Pensais que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos perecereis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensais que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos perecereís de la misma manera." Y les dijo esta parábola: "Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala.¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero el viñador contestó: "Señor, dejalá todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas." 

 

Al escuchar el texto y querer desvelar qué quiso decir Jesús ayer y hoy, nos surgen preguntas cómo: ¿quiénes se acercan a Jesús a "cotillear" sobre lo acontecido y qué interés tenían?¿por qué esa distinción entre galileos y judíos?y ¿qué tiene que ver Pilato y el poder romano en todo este contexto?
La respuesta de Jesús parece clara: tenemos que cambiar, convertirnos, transformarnos, TODOS.
El, no hace distinciones ni de clases, ni de poderes, ni de nacionalidades. "Todos perecereis de la misma manera si no os convertís".
Nos da un toque de atención a la responsabilidad de cada uno y a la de todos, como si quisiera decir, que miremos más allá de nuestro ombligo, pues la responsabilidad del que está al lado aunque sea diferente, tiene que ver mucho conmigo. No me puedo desentender de lo que le ocurra.
En el cuento final,  conoce la debilidad humana, los fallos de cada uno y de todos, y sin quitarle exigencia, intercede en esa conversión o trabajo de cada uno, para que demos fruto, porque el Señor es paciente, compasivo y misericordioso.


domingo, 24 de febrero de 2013


A LA ESCUCHA DE LA PALABRA
II domingo de cuaresma
En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Y sucedió que al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.» Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús sólo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Avanzando un poco más allá de lo gráfico, y hasta onírico, que nos pueda parecer hoy este pasaje, en  su fondo late un hecho sorprendente que se esconde detrás de un cargado simbolismo. Es uno de los escasos pasajes en los que una voz- se supone sea la del Padre- que irrumpe en la narración y llama a Jesús, Hijo; es como una refrendo autorizado  a lo que Jesús.
No cabe duda, que la postura de Jesús ante Dios fue expresada en las comunidades primitivas de diferentes maneras, pero de forma especial a través de títulos, y uno de ellos es el que resuena en nuestro texto: «Este es mi Hijo, mi Elegido». Aunque se trate, muy posiblemente, de identificaciones hechas por los seguidores de Jesús, es indiscutible que todas ellas desvelan la forma con que Jesús se dirigió a Dios, su Padre, y desde la cual orientó toda su misión. El hecho sorprendente radica en la comprensión de los seguidores de Jesús que se encuentran detrás de los textos; ellos han comprendido que Jesús no sólo era el enviado, sino que era el «emisario elegido», el Hijo de Dios, del Dios de Israel. Al expresar este lenguaje una “visión unitaria” de toda la vida de Jesús por parte de sus seguidores, no hace sino poner de manifiesto que, tanto la predicación de Jesús, como la causa que defiende y con la cual se identifica, tiene como centro a Dios; al Dios que actúa.
Leído en esta clave el conocido pasaje de la «transfiguración», nos conduciría a insospechadas y consecuentes reflexiones. Desde el punto de vista histórico no se puede decir si un hombre ligado a un tiempo y a una historia tiene un significado universal, determinante para todos los hombres y mujeres. Pero, para que la afirmación de la universalidad única de Jesús no sea ideologizada, debe haber en nuestro horizonte hermenéutico humano, unos indicios y signos que muevan a otros a interpretar  la identidad de Jesús. Según esto, Jesús de Nazaret tuvo que aparecer históricamente al menos como un interrogante catalizador con respecto a la salvación definitiva del ser humano, como una «invitación». Los cristianos interpretaron este interrogante y esta invitación de una forma muy concreta: descubrieron en Jesús la promesa definitiva de la salvación y liberación por parte de Dios, y esto les bastó para anunciarlo a otros y dar testimonio de Jesucristo.
Esto mismo sucede hoy, pero, claro está, en una situación nueva. Jesús, Hijo de Dios, continúa hablándonos de Dios en un tiempo en que la mayor parte de los sectores parecen poder pasar sin Dios. No pocos tienen dificultades con expresiones como «Dios es Padre», «Dios actúa»… Si en nuestra historia se da una acción de Dios de forma decisiva, deberá realizarse en acontecimientos históricos experimentables, interpretados y enunciados en lenguaje de fe. Entonces, dentro de la continuidad de nuestra historia humana normal, se habrá hecho visible  una arrolladora “inmanencia” de Dios que puede ser expresada y articulada como “signo histórico” de Dios; de aquel Dios que en Jesús se ha manifestado como salvación. Así, nos hallaremos ante una historia humana en la que ha encontrado expresión la misma «historia de Dios».
La universalidad única de Jesús, reside en que él es el «Gran Signo» de amor universal del Padre. La causa de Dios está personificada en Jesús. La presencia de Dios en Jesús y la suprema concepción humana de la realidad son correlativas.