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martes, 25 de junio de 2013


SI YO FUESE PAPA...

Delantales de cocina para niños

(...Continúa)

Al no haber ya templos, no harían falta sacerdotes y, de este modo,
estaría resuelto de un plumazo el problema del celibato que tanto ha preocupado
en los últimos tiempos a los jerarcas y el tema del sacerdocio de las mujeres, de
modo que hombre y mujer se sentarían en la mesa de la nueva comunidad
cristiana en igualdad de derechos y obligaciones, en torno a las casas, como
sucedió al principio del cristianismo, cuando éste aún no se había convertido
en religión. Todo el esfuerzo dedicado al templo y al culto, habría que
dedicarlo, eso sí, a dar culto a Dios en el prójimo, especialmente en los más necesitados de la comunidad, cristiana o no, cuyos derechos han sido pisoteados a lo largo de
los siglos. Y en esta larga fila hay que poner a las mujeres, tan sometidas al
varón a lo largo de la historia, a los sin papeles, a los parados; también a los
drogadictos, los desahuciados, los pobres y cómo no, a los gays, las lesbianas y
los transexuales, proclamando el derecho que tienen éstos a que se reconozca
y se respecte su diversidad. Claro que, para esto, me temo que tendría que
cambiar, como papa, la moral así llamada "católica", que no cristiana,
especialmente la moral sexual, que todavía a estas alturas no se ha
reconciliado ni con el sexo ni con el placer. Menudo lío.
Si yo fuese Papa, y dado que, hoy por hoy, no hay otro régimen de
gobierno mejor que el democrático, democratizaría la iglesia y renunciaría a la
infalibilidad pontificia (dogma extraño este, además de tardío) y abandonaría de
una vez para siempre esa cantinela de que la iglesia es "jerárquica" por
voluntad de su fundador (¿es que acaso Jesús fundó la iglesia?) y de que su
régimen es monárquico, como si a Jesús le hubiese dado tiempo a pensar en el
futuro de su movimiento, y menos en este futuro -hoy presente- con el que
ciertamente no se habría identificado, de haberlo intuido.
Ah, se me olvidaba... Si yo fuera Papa entraría urgentemente en diálogo con las
otras religiones, pero no para discutir de dogmas o primacías, sino para programar
con ellas "cómo aliviar el dolor y el sufrimiento humano", cosa que no se puede hacer
de verdad, si no se renuncia a tanta ganga ideológica añadida al pensamiento
originario de sus fundadores o iniciadores respectivos. Además, animaría a las
diferentes religiones de la tierra a que, juntos, iniciásemos un camino nuevo
para acoger, como el buen samaritano, a todos los que este sistema mundano
ha dejado "medio muertos" a la vera del camino. Son tantos que, difícilmente,
daríamos abasto entre todos. Y, por supuesto, en esta línea convocaría a todos
los hombres y mujeres, mayores o jóvenes, creyentes o no, de buena voluntad
a unirse a este programa. Por último, si yo fuera Papa, creo que lo pasaría muy mal, como lo pasó
Jesús, y la verdad es que no sé si me daría tiempo a cumplir ni siquiera el
primer punto de este programa, porque a él lo asesinaron justo cuando
llevaba dos o tres años a lo más, gritando por las aldeas de Galilea que "era
posible otro mundo -el reinado de Dios, que decía con palabras antiguas-",
no basado en la tiranía del capital, ese otro Dios, venerado por la mayoría,
sino en la servidumbre del amor. No creo que yo durase tanto tiempo, pues
los poderes de este mundo -religiosos, políticos y económicos- se encargarían de darme una buena jubilación y un no peor retiro.
Al final de este escrito "utópico", me digo yo, aliviado, que, para suerte
mía, no me van a nombrar papa, por supuesto. Por eso no sigo desarrollando
el programa...

Jesús Peláez
Catedrático de Universidad

lunes, 24 de junio de 2013

SI YO FUESE PAPA


Si yo fuese nombrado Papa, una vez elegido por el Sacro Colegio
Cardenalicio -que así se llama la gerontocracia vaticana-, saldría al balcón
central de la fachada del Vaticano para saludar a los allí reunidos, en inglés,
por supuesto, dejando atrás el viejo latín para los eruditos. Tras agradecer a los
ancianos cardenales el nombramiento (y al Espíritu, por supuesto, ¿cómo
no?), anunciaría que dejaría de residir en el Vaticano, para trasladarme a un país de la
periferia de la tierra -Hispanoamérica, India, África, podrían ser buenas sedes
para mi pontificado, por llamarlo de alguna manera- lugares donde el hambre,
el dolor, la guerra y la muerte se dan la mano a diario. Al fin y al cabo, Jesús de
Nazaret pasó gran parte de su vida en la periferia, en las aldeas de Galilea, la
región más alejada del templo y del culto de Jerusalén, y vivió siempre
rodeado de todos aquellos a los que el sistema religioso judío había arrojado
en nombre de Dios a las afueras de la vida: un núcleo de discípulos galileos
que poco lo entendían (¿De Nazaret de Galilea puede salir algo bueno?) y los
marginados de todo tipo: cojos, ciegos, paralíticos, endemoniados, publicanos,
prostitutas... gente, oficialmente "de mala vida", que hacían que Jesús fuese
criticado por la ortodoxia por andar siempre "en malas compañías".
Antes de irme del Vaticano, eso sí, nombraría una comisión de sabios
(economistas, eruditos, filósofos e incluso teólogos, si los hubiere allí fieles al
evangelio de Jesús), encargada del desahucio de tan respetable y milenaria sede,
pasando al estado italiano el cuidado de ese inmenso patrimonio artístico y
desmontando la banca vaticana, de modo que lo que quedase, una vez
saldadas las deudas, revirtiese en las exhaustas arcas de los países pobres de la
tierra, rompiendo para siempre con esa alianza histórica entre iglesia, dinero y
poder, que tanto daño ha hecho al anuncio de la buena nueva de Jesús. Y me
quedaría tan pancho, pues Jesús dijo: "Nadie puede estar al servicio de dos
señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero, -hoy diríamos "al
capital"- (Mt 6,24). Así de claro. Y como el capital engendra esclavos en serie,
me proclamaría de verdad "siervo de los siervos del mundo ", no de Dios,
como dice el eslogan pontificio, pues Dios no necesita siervos. Rompería de este
modo la alianza con el poder, establecida durante siglos por la iglesia, del que hay
que desconfiar porque el poder no engendra desarrollo humano, sino
dominación, como bien dijo Jesús: "Los reyes de las naciones las dominan, y
los que ejercen la autoridad sobre ellas se hacen llamar bienhechores. Pero
vosotros, nada de eso: al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al
más joven, y el que dirige al que sirve" (Lc 22,22-25). Curiosamente la palabra
"poder" aparece solamente en los evangelios para indicar la fuerza o mejor las
fuerzas que salían de Jesús para sanar a los enfermos.
Si al hacer esto, la jerarquía eclesiástica no hubiese tenido tiempo
todavía de quitarme de en medio, proclamaría como Esteban, antes de morir,
que "Dios no habita en edificios construidos por mano de hombres",
desacralizando el cristianismo, convertido tristemente en una religión más, con
clero, templos y cultos, en contra de la voluntad de Jesús, un laico en
desacuerdo con el templo de Jerusalén, cuya destrucción anunció,
precisamente, por seguir la línea profética de Jeremías que lo había
identificado como "una cueva de bandidos" (Mt 21,13; cf. Jer 7,11). Menudo
piropo.
(continuará...)

Por: Jesús Pelaez 

martes, 11 de junio de 2013



LA HERENCIA DE JUAN XXIII

Juan José Tamayo


El 3 de junio de 1963 fallecía el papa Juan XXIII. Le lloraron creyentes de todas las religiones:
católicos, protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes, budistas, y no creyentes de las diferentes ideologías: comunistas, socialistas, liberales, líderes políticos y gente del pueblo. El gran mufti de Tiro (Líbano) elogió la personalidad de Giuseppe Roncalli ante una multitud de musulmanes y cristianos portando en la mano la encíclica Pacem in terris como reconocimiento por su contribución a la paz en el mundo. La noche anterior a su muerte, el gran Rabino de Roma y numerosos judíos se reunieron con los católicos en la Plaza de San Pedro para rezar por el papa. El gesto tenía su justificación. Juan XXIII había adoptado hacia los judíos una actitud bien diferente a la de Pío XII. Sustituyó la oración por los “pérfidos judíos” del Viernes Santo por otra más respetuosa y ecuménica. En la audiencia a un grupo de judíos de Estados Unidos los saludó como José a sus hermanos cuando llegaron a Egipto: “Soy José, vuestro hermano”. Los pérfidos se tornaron hermanos.
¿Juan XXIII, un papa de transición? Eso fue lo que mucha gente pensó cuando fue elegido el 28 de octubre de 1958 a punto de cumplir 77 años. Los hechos, empero, desmintieron pronto las primeras impresiones, como puso de manifiesto Time el 17 de noviembre: “Si alguien esperaba que Roncalli iba a 
ser un mero papa de transición, hasta la llegada del siguiente, esta imagen se deshizo a los pocos minutos de su elección... Se hizo cargo pisando fuerte como el amo de casa, abriendo ventanas y cambiando muebles...”. Bastaron cuatro años y medio de pontificado para llevar a cabo una verdadera revolución en la Iglesia romana que se convirtió realmente en universal y ecuménica.
La tarea no le resultó fácil. Tuvo que vencer no pocas resistencias dentro de la Curia vaticana, con la que nunca tuvo buenas relaciones, pero tampoco hipotecas que pagar, y hubo de neutralizar a relevantes figuras de la misma, como el cardenal Ottaviani, que estaba al frente del Santo Oficio. Pero contó también con el apoyo de un sector importante del episcopado, de movimientos cristianos laicos y de cualificados teólogos modernos, algunos de los cuales habían sido condenados por Pío XII y él los llamó para que le asesoraran y le ayudaran a fundamentar el cambio que quería llevar a cabo. La alianza con estos sectores permitió llevar a buen puerto el aggiornamento.
Entre las muchas innovaciones que introdujo destacan dos por su eficacia y trascendencia para el futuro de la Iglesia: el Concilio Vaticano II y la encíclica Pacen in terris. El Vaticano II no fue una simple ocurrencia o fruto de la improvisación del anciano Roncalli. Era una idea muy meditada. Su secretario personal Loris Capovilla recuerda que Juan XXIII le refirió la “necesidad de un Concilio” dos días después de ser elegido papa: “Habrá un concilio”, le anunció. La celebración de “un Concilio ecuménico para la Iglesia universal” fue el principal objetivo de Roncalli, que hizo público el 25 de enero de 1959. 
Pero, ¿un concilio, por qué y para qué? La respuesta no estuvo clara desde el principio. Fue perfilándose durante su preparación y, de manera especial, a lo largo de las cuatro sesiones del mismo conforme a las inquietudes y sensibilidades de los obispos y de los asesores teológicos. En la mente del papa estaba cambiar la forma personalista y autoritaria de gobierno por otra más colegiada y participativa. La reunión de todos los obispos del mundo constituía la mejor oportunidad para analizar los problemas más importantes de la Iglesia, responder a los desafíos que le planteaba la nueva era que se estaba viviendo y poner en marcha una transformación profunda en una doble dirección: la reforma interna de la institución eclesiástica, anclada en el modelo católico-romano medieval, y la re-ubicación en la cultura moderna, a la que había condenado sin haberla escuchado. Objetivo prioritario del papa era la construcción de la Iglesia de los pobres, pero en el aula conciliar no tuvo el eco que él hubiera deseado. Lo que no se quería era que el Vaticano II fuera en un apéndice del Vaticano I.
El resultado fue un cambio de paradigma en todos los campos: reforma litúrgica, nueva imagen de Iglesia como comunidad de creyentes, colegialidad episcopal, reconocimiento del pluralismo teológico, diálogo cultural, intra-eclesial, inter-eclesial e inter-religioso, libertad religiosa, solidaridad con las esperanzas y las angustias de los pobres y de cuantos sufren, etc. 
La encíclica Pacen in terris, publicada mes y medio antes de su muerte, supuso un cambio de paradigma en la Doctrina Social de la Iglesia al reconocer los derechos humanos como inalienables de la persona. Constata la presencia de las mujeres en la vida pública y la toma de conciencia de su dignidad, considera legítima su protesta cuando son reducidas a mero instrumento u objeto inanimado, y defiende sus derechos tanto en la esfera doméstica como en la vida pública. Un paso gigantesco y una buena herencia que sus sucesores no asumieron. ¿Lo hará Francisco?
Juan José Tamayo es profesor de Historia Contemporánea, director de la Cátedra de Teología en la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Invitación a la utopía (Trotta, 2012).


jueves, 16 de mayo de 2013

CAMBIO DE PARADIGMA


HANS KÜNG

Las enseñanzas de Francisco de Asís de altruismo y fraternidad deberían ser actualizadas




¿Paupertas, pobreza? En el espíritu de Inocencio III, la Iglesia es una Iglesia de la riqueza, del advenedizo y de la pompa, de la avidez extrema y de los escándalos financieros. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia de la política financiera transparente y de la vida sencilla, una Iglesia que se preocupa principalmente por los pobres, los débiles y los desfavorecidos, que no acumula riquezas ni capital, sino que lucha activamente contra la pobreza y ofrece condiciones laborales ejemplares para sus trabajadores.
¿Humilitas, humildad? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia del dominio, de la burocracia y de la discriminación, de la represión y de la Inquisición. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del altruismo, del diálogo, de la fraternidad, de la hospitalidad incluso para los inconformistas, del servicio nada pretencioso a los superiores y de la comunidad social solidaria que no excluye de la Iglesia nuevas fuerzas e ideas religiosas, sino que les otorga un carácter fructífero.

¿Simplicitas, sencillez? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia de la inmutabilidad dogmática, de la censura moral y del régimen jurídico, una Iglesia del miedo, del derecho canónico que todo lo regula y de la escolástica que todo lo sabe. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del mensaje alegre y del regocijo, de una teología basada en el mero Evangelio, que escucha a las personas en lugar de adoctrinarlas desde arriba, que no solo enseña, sino que también está constantemente aprendiendo.

De esta forma, se pueden formular asimismo hoy día, en vista de las preocupaciones y las apreciaciones de Francisco de Asís, las opciones generales de una Iglesia católica cuya fachada brilla a base de magnificentes manifestaciones romanas, pero cuya estructura interna en el día a día de las comunidades en muchos países se revela podrida y quebradiza, por lo que muchas personas se han despedido de ella tanto interna como externamente.
Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan que se les quite el poder acumulado
 
No obstante, ningún ser racional esperará que una única persona lleve a cabo todas las reformas de la noche a la mañana. Aun así, en cinco años sería posible un cambio de paradigma: eso lo demostró en el siglo XI el papa León IX de Lorena (1049-1054), que allanó el terreno para la reforma de Gregorio VII. Y también quedó demostrado en el siglo XX por el italiano Juan XXIII (1958-1963), que convocó el Concilio Vaticano II. Hoy debería volver a estar clara la senda que se ha de tomar: no una involución restaurativa hacia épocas preconciliares como en el caso de los papas polaco y alemán, sino pasos reformistas bien pensados, planificados y correctamente transmitidos en consonancia con el Concilio Vaticano II.
 



Hay una tercera pregunta que se planteaba por aquel entonces al igual que ahora: ¿no se topará una reforma de la Iglesia con una resistencia considerable? No cabe duda de que, de este modo, se provocarían unas potentes fuerzas de reacción, sobre todo en la fábrica de poder de la curia romana, a las que habría que plantar cara. Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan de buen grado que se les arrebate el poder que han ido acumulando desde la Edad Media.

El poder de la presión de la curia es algo que también tuvo que experimentar Francisco de Asís. Él, que pretendía desprenderse de todo a través de la pobreza, fue buscando cada vez más el amparo de la "santa madre Iglesia". Él no quería vivir enfrentado a la jerarquía, sino de conformidad con Jesús obedeciendo al papa y a la curia: en pobreza real y con predicación laica. De hecho, dejó que los subieran de rango a él y a sus acólitos por medio de la tonsura dentro del estatus de los clérigos. Eso facilitaba la actividad de predicar, pero fomentaba la clericalización de la comunidad joven, que cada vez englobaba a más sacerdotes. Por eso no resulta sorprendente que la comunidad franciscana se fuera integrando cada vez más dentro del sistema romano.


Los últimos años de Francisco quedaron ensombrecidos por la tensión entre el ideal original de imitar a Jesucristo y la acomodación de su comunidad al tipo de vida monacal seguido hasta la fecha.




En honor a Francisco, cabe mencionar que falleció el 3 de octubre de 1226 tan pobre como vivió, con tan solo 44 años. Diez años antes, un año después del IV Concilio de Letrán, había fallecido de forma totalmente inesperada el papa Inocencio III a la edad de 56 años. El 16 de junio de 1216 se encontraron en la catedral de Perugia el cadáver de la persona cuyo poder, patrimonio y riqueza en el trono sagrado nadie había sabido incrementar como él, abandonado por todo el mundo y totalmente desnudo, saqueado por sus propios criados. Un fanal para la transformación del dominio en desfallecimiento papal: al principio del siglo XIII, el glorioso mandatario Inocencio III; a finales de siglo, el megalómano Bonifacio VIII (1294-1303), que fue apresado de forma deplorable; seguido de los cerca de 70 años que duró el exilio de Aviñón y el cisma de Occidente con dos y, finalmente, tres papas.

Menos de dos décadas después de la muerte de Francisco, el movimiento franciscano que tan rápidamente se había extendido pareció quedar prácticamente domesticado por la Iglesia católica, de forma que empezó a servir a la política papal como una orden más e incluso se dejó involucrar en la Inquisición.

Al igual que fue posible domesticar finalmente a Francisco de Asís y a sus acólitos dentro del sistema romano, está claro que no se puede excluir que el papa Francisco termine quedando atrapado en el sistema romano que debería reformar. ¿Es el papa Francisco una paradoja? ¿Se podrán reconciliar alguna vez la figura del papa y Francisco, que son claros antónimos? Solo será posible con un papa que apueste por las reformas en el sentido evangélico. No deberíamos renunciar demasiado pronto a nuestra esperanza en un pastor angelicus como él.


Por último, una cuarta pregunta: ¿qué se puede hacer si nos arrebatan desde arriba la esperanza en la reforma? Sea como sea, ya se ha acabado la época en la que el papa y los obispos podían contar con la obediencia incondicional de los fieles. Así, a través de la Reforma gregoriana del siglo XI se introdujo una determinada mística de la obediencia en la Iglesia católica: obedecer a Dios implica obedecer a la Iglesia y eso, a su vez, implica obedecer al papa, y viceversa. Desde esa época, la obediencia de todos los cristianos al papa se impuso como una virtud clave; obligar a seguir órdenes y a obedecer (con los métodos que fueran necesarios) era el estilo romano. Pero la ecuación medieval de "obediencia a Dios = obediencia a la Iglesia = obediencia al papa" encierra ya en sí misma una contradicción con las palabras de los apóstoles ante el Gran Sanedrín de Jerusalén: "Hay que obedecer a Dios más que a las personas".

Por tanto, no hay que caer en la resignación, sino que, a falta de impulsos reformistas "desde arriba", desde la jerarquía, se han de acometer con decisión reformas "desde abajo", desde el pueblo. Si el papa Francisco adopta el enfoque de las reformas, contará con el amplio apoyo del pueblo más allá de la Iglesia católica. Pero si al final optase por continuar como hasta ahora y no solucionar la necesidad de reformas, el grito de "¡indignaos!
indignez-vous!" resonará cada vez más incluso dentro de la Iglesia católica y provocará reformas desde abajo que se materializarán incluso sin la aprobación de la jerarquía y, en muchas ocasiones, a pesar de sus intentos de dar al traste con ellas. En el peor de los casos —y esto es algo que escribí antes de que saliera elegido el actual Papa—, la Iglesia católica vivirá una nueva era glacial en lugar de una primavera y correrá el riesgo de quedarse reducida a una secta grande de poca monta.
 
¿Qué te parece el paradigma que presenta este teólogo?

miércoles, 15 de mayo de 2013


CAMBIO DE PARADIGMA

HANS KÜNG

¿Quién lo iba a pensar? Cuando tomé la pronta decisión de renunciar a mis cargos honoríficos en mi 85º cumpleaños, supuse que el sueño que llevaba albergando durante décadas de volver a presenciar un cambio profundo en nuestra Iglesia como con Juan XXIII nunca llegaría a cumplirse en lo que me quedaba de vida.

Y, mira por dónde, he visto cómo mi antiguo compañero teológico Joseph Ratzinger —ambos tenemos ahora 85 años— dimitía de pronto de su cargo papal, y precisamente el 19 de marzo de 2013, el día de su santo y mi cumpleaños, pasó a ocupar su puesto un nuevo Papa con el sorprendente nombre de Francisco.

¿Habrá reflexionado Jorge Mario Bergoglio acerca de por qué ningún papa se había atrevido hasta ahora a elegir el nombre de Francisco? En cualquier caso, el argentino era consciente de que con el nombre de Francisco se estaba vinculando con Francisco de Asís, el universalmente conocido disidente del siglo XIII, el otrora vivaracho y mundano vástago de un rico comerciante textil de Asís que, a la edad de 24 años, renunció a su familia, a la riqueza y a su carrera e incluso devolvió a su padre sus lujosos ropajes.

Resulta sorprendente que el papa Francisco haya optado por un nuevo estilo desde el momento en el que asumió el cargo: a diferencia de su predecesor, no quiso ni la mitra con oro y piedras preciosas, ni la muceta púrpura orlada con armiño, ni los zapatos y el sombrero rojos a medida ni el pomposo trono con la tiara. Igual de sorprendente resulta que el nuevo Papa rehúya conscientemente los gestos patéticos y la retórica pretenciosa y que hable en la lengua del pueblo, tal y como pueden practicar su profesión los predicadores laicos, prohibidos por los papas tanto por aquel entonces como actualmente. Y, por último, resulta sorprendente que el nuevo Papa haga hincapié en su humanidad: solicita el ruego del pueblo antes de que él mismo lo bendiga; paga la cuenta de su hotel como cualquier persona; confraterniza con los cardenales en el autobús, en la residencia común, en su despedida oficial; y lava los pies a jóvenes reclusos (también a mujeres, e incluso a una musulmana). Es un Papa que demuestra que, como ser humano, tiene los pies en la tierra.
El pontífice no quiso ni la mitra con oro, ni los zapatos, ni el pomposo trono con la tiara
Todo eso habría alegrado a Francisco de Asís y es lo contrario de lo que representaba en su época el papa Inocencio III (1198-1216). En 1209, Francisco fue a visitar al papa a Roma junto con 11 hermanos menores(fratres minores) para presentarle sus escuetas normas compuestas únicamente de citas de la Biblia y recibir la aprobación papal de su modo de vida "de acuerdo con el sagrado Evangelio", basado en la pobreza real y en la predicación laica. Inocencio III, conde de Segni, nombrado papa a la edad de 37 años, era un soberano nato: teólogo educado en París, sagaz jurista, diestro orador, inteligente administrador y refinado diplomático. Nunca antes ni después tuvo un papa tanto poder como él. La revolución desde arriba (Reforma gregoriana) iniciada por Gregorio VII en el siglo XI alcanzó su objetivo con él. En lugar del título de "vicario de Pedro", él prefería para cada obispo o sacerdote el título utilizado hasta el siglo XII de "vicario de Cristo" (Inocencio IV lo convirtió incluso en "vicario de Dios"). A diferencia del siglo I y sin lograr nunca el reconocimiento de la Iglesia apostólica oriental, el papa se comportó desde ese momento como un monarca, legislador y juez absoluto de la cristiandad... hasta ahora.
Pero el triunfal pontificado de Inocencio III no solo terminó siendo una culminación, sino también un punto de inflexión. Ya en su época se manifestaron los primeros síntomas de decadencia que, en parte, han llegadohasta nuestros días como las señas de identidad del sistema de la curia romana: el nepotismo, la avidez extrema, la corrupción y los negocios financieros dudosos. Pero ya en los años setenta y ochenta del siglo XII surgieron poderosos movimientos inconformistas de penitencia y pobreza (los cátaros o los valdenses). Pero los papas y obispos cargaron libremente contra estas amenazadoras corrientes prohibiendo la predicación laica y condenando a los "herejes" mediante la Inquisición e incluso con cruzadas contra ellos.

Pero fue precisamente Inocencio III el que, a pesar de toda su política centrada en exterminar a los obstinados "herejes" (los cátaros), trató de integrar en la Iglesia a los movimientos evangélico-apostólicos de pobreza. Incluso Inocencio era consciente de la urgente necesidad de reformar la Iglesia, para la cual terminó convocando el fastuoso IV Concilio de Letrán. De esta forma, tras muchas exhortaciones, acabó concediéndole a Francisco de Asís la autorización de realizar sermones penitenciales. Por encima del ideal de la absoluta pobreza que se solía exigir, podía por fin explorar la voluntad de Dios en la oración. A causa de una aparición en la que un religioso bajito y modesto evitaba el derrumbamiento de la Basílica Papal de San Juan de Letrán —o eso es lo que cuentan—, el Papa decidió finalmente aprobar la norma de Francisco de Asís. La promulgó ante los cardenales en el consistorio, pero no permitió que se pusiera por escrito.

Francisco de Asís representaba y representa de facto la alternativa al sistema romano. ¿Qué habría pasado si Inocencio y los suyos hubieran vuelto a ser fieles al Evangelio? Entendidas desde un punto de vista espiritual, si bien no literal, sus exigencias evangélicas implicaban e implican un cuestionamiento enorme del sistema romano, esa estructura de poder centralizada, juridificada, politizada y clericalizada que se había apoderado de Cristo en Roma desde el siglo XI.
Con Inocencio III se manifestaron los primeros síntomas de nepotismo y corrupción del Vaticano
Puede que Inocencio III haya sido el único papa que, a causa de las extraordinarias cualidades y poderes que tenía la Iglesia, podría haber determinado otro camino totalmente distinto; eso habría podido ahorrarle el cisma y el exilio al papado de los siglos XIV y XV y la Reforma protestante a la Iglesia del siglo XVI. No cabe duda de que, ya en el siglo XII, eso habría tenido como consecuencia un cambio de paradigma dentro de la Iglesia católica que no habría escindido la Iglesia, sino que más bien la habría renovado y, al mismo tiempo, habría reconciliado a las Iglesias occidental y oriental.

De esta manera, las preocupaciones centrales de Francisco de Asís, propias del cristianismo primitivo, han seguido siendo hasta hoy cuestiones planteadas a la Iglesia católica y, ahora, a un papa que, en el aspecto programático, se denomina Francisco:
paupertas (pobreza),humilitas (humildad) y simplicitas (sencillez).
Puede que eso explique por qué hasta ahora ningún papa se había atrevido a adoptar el nombre de Francisco: porque las pretensiones parecen demasiado elevadas.
Pero eso nos lleva a la segunda pregunta: ¿qué significa hoy día para un papa que haya aceptado valientemente el nombre de Francisco? Es evidente que tampoco se debe idealizar la figura de Francisco de Asís, que también tenía sus prejuicios, sus exaltaciones y sus flaquezas. No es ninguna norma absoluta. Pero sus preocupaciones, propias del cristianismo primitivo, se deben tomar en serio, aunque no se puedan poner en práctica literalmente, sino que deberían ser adaptadas por el Papa y la Iglesia a la época actual.
Continuará mañana...