viernes, 5 de julio de 2013

Mario Benedetti

 

"Cómo hacerte saber" 

 
 
 



¿Quieres hacer alguna resonancia de la poesía?

jueves, 4 de julio de 2013

martes, 2 de julio de 2013

Mónica Cavallé


LA CIENCIA DE LA VIDA

 “La escuela del filósofo, señores, es un hospital: no habéis de salir contentos, sino dolientes; pues no vais sanos, sino el uno con una luxación de hombro; otro, con un absceso; otro, con una fístula; otro, con dolor de cabeza. Entonces yo me siento y os digo unas reflexioncillas y unas maximitas para que vosotros salgáis alabándome: el uno, llevando el hombro tal como lo trajo; el otro, con la cabeza igual; el otro, con su fístula; el otro, con su absceso. Así que ¿para eso dejan su tierra los jóvenes y abandonan a sus padres, a sus amigos, a sus parientes y su hacienda, para decirte a ti ‘¡bravo!’ cuando pronuncias tu maximita? ¿Eso hacía Sócrates, eso hacía Zenón, eso hacía Cleantes?” (Epicteto: Disertaciones por Arriano)

MAESTROS DE VIDA
“Es preferible un sólo maestro de vida, frente a mil maestros de la palabra”. (Maestro Eckhart)
La representación más generalizada de la filosofía —la que la hace equivaler a un saber eminentemente especulativo, de dudoso impacto transformador en nuestra vida cotidiana y que esgrime un lenguaje sólo apto para especialistas— nos habla de cierta deriva de esta disciplina en nuestro entorno cultural, pero oculta el significado originario del término “filosofía”, la naturaleza de esta actividad en los inicios de nuestra civilización. El término “filosofía” es de origen griego (philosophia) y significa “amor” o “disposición a consagrarse a” (philo) la “sabiduría” (sophia). La palabra filosofía expresaba, inicialmente, el hecho de amar la sabiduría, la adhesión activa a ella y la disposición requerida para adquirirla. A su vez, por sabiduría se entendía no sólo la especulación o investigación racional, sino también, y eminentemente, un saber contemplativo, operativo, vital e integral, que incumbía al ser humano en su totalidad. Sabiduría era tanto la visión justa de la realidad de las cosas como la encarnación del modo de ser y de vivir que se correspondía con dicha visión. Sabio (sophos) era el que se esforzaba por ver el mundo de forma desinteresada y objetiva, y el que vivía en armonía con esa visión. Se consideraba que esta vida respetuosa con la realidad era la que satisfacía las necesidades más profundas del ser humano, la que favorecía la expresión óptima de su potencial, de sus posibilidades más específicamente humanas y, por lo tanto, la que le permitía alcanzar la forma más elevada y estable de felicidad a la que podía tener acceso. La filosofía era, para los antiguos, la consecución activa de la sabiduría así entendida; en otras palabras, no era sólo el esfuerzo crítico por avanzar en dirección a un conocimiento cada vez más radical y totalizante de la realidad, sino también, e indisociablemente, arte de vivir y ciencia de la vida.
“Los filósofos —afirmaban los pitagóricos— son responsables de nuestro buen vivir y pensar”. “¿Qué medida o estándar más preciso de la buena vida tenemos que el sabio?”, se preguntaba Aristóteles. O en palabras de un filósofo romano del siglo I, Musonio Rufo: “El filósofo ha hecho un arte de saber qué proporciona a los hombres la felicidad o la infelicidad”.

lunes, 1 de julio de 2013

Silencio


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domingo, 30 de junio de 2013

DONDE NOS JUGAMOS TODO

Domingo XIII Tiempo Ordinario

Evangelio de Lucas 9, 51-62



Lucas “construye” un largo viaje, desde Galilea hasta Jerusalén, que desarrollará a lo largo de diez extensos capítulos (desde 9,51 a 19,28), en el que Jesús se va a dedicar prioritariamente a enseñar a sus discípulos.
El autor presenta el viaje desde la certeza de que conduce, no solo a la capital de los judíos, Jerusalén –que el tercer evangelio sitúa como “centro” de la salvación; así aparecerá también en el otro libro de Lucas, Los Hechos de los Apóstoles-, sino al destino final de Jesús, al “cielo”.
Y dentro de ese objetivo de “formar a los discípulos”, en el inicio mismo del recorrido, se nos presentan cuatro breves “enseñanzas”, en forma de aforismos que, de entrada, suenan al menos como desconcertantes, y que recuerdan, en cierto sentido, los dichos de Jesús en el  Evangelio apócrifo de Tomás. Sin embargo, basta adoptar una perspectiva adecuada, para percibir toda su sabiduría, hondura y belleza.
• La primera es un alegato silencioso contra cualquier tipo de fanatismo, que no es sino expresión del miedo y de la arrogancia, características propias del ego. Un ego inseguro buscará eliminar la disidencia, porque la percibe como amenaza para sus (frágiles) ideas, y porque necesita sentirse “superior” o en posesión de la verdad (absoluta).
• La segunda revela la  actitud de quien vive desapropiado del ego. El ego necesita “cosas” de las que apropiarse para sentirse existir: su sensación de identidad depende siempre de “algo”, ya que él es pura ficción. Sin embargo, quien no se identifica con el yo, se percibe como Vacío, que es Plenitud.  Vivenciar esa vacuidad integral significa no estar establecido en parte alguna, ni tener un lugar donde reclinar la cabeza. Es una simple lucidez –pura consciencia, atención desnuda- sin centro ni periferia, en la que todo sucede espontáneamente. Es una aceptación ilimitada de la circunstancia presente, una apertura total que permite que el sol salga sobre malos y buenos, y que la lluvia caiga sobre justos e injustos… 
• La tercera y la cuarta son prácticamente idénticas; o mejor, dos modos de poner el acento en la misma realidad, por contraste con dos “obligaciones” fundamentales para un judío piadoso: enterrar a los muertos y atender a la  familia.
¿Qué puede ser tan importante, que se anteponga a esos dos principios “sagrados” para un judío? Jesús le da un nombre: el Reino de Dios. 
Dentro de los diversos significados encerrados en esa expresión –y que dependen también de la perspectiva que se adopte-, parece innegable que, con ella, se alude al Misterio último de lo Real, aquello  único a lo que decididamente vale la pena subordinar todo lo demás.
¿Qué es eso único? Ciertamente, no es algo “separado” de quienes somos. 
Porque lo que constituye la mismidad de lo real nunca podría estar “alejado” de nada real. Es Aquello de lo que no podemos distanciarnos ni lo que se tarda en un suspiro.
En el lenguaje religioso, se le ha llamado “Dios”. Pero un Dios del que alguien pudiera “alejarse” o “separarse”, ya no sería Dios, sino una creación de la mente, que proyecta “fuera” todo lo que ella piensa. 
En un lenguaje no religioso, más inclusivo,  Eso  inefable e innombrable, porque está más allá de los conceptos y de las palabras, es Lo que es, y que nosotros también somos. Lo que nos impide verlo no es otra cosa que el hecho de habernos reducido a nuestro ego.
La palabra de Jesús viene a decirnos: mientras no descubras quién eres, todo lo que hagas –aunque lo veas como un servicio a los muertos o a la familia- no hará sino entretenerte, distraerte o despistarte. Busca lo primero y… “todo lo demás se te dará por añadidura” (evangelio de Mateo 6,33).

Enrique Martinez Lozano